INFORTUNIOS
DE UN SECUESTRO
Amanecía,
un sol inmenso y brillante me cegaba, mientras se reflejaba su brillo en mi
ventana. Rápidamente me levanto y observo la habitación, no la reconocía, no
estaba en mi habitación, confusa salgo y empiezo a buscar a ver quién está en
el lugar. No hay nadie, absolutamente nadie, y me encuentro sola en la penuria,
no había nada, ni comedor, ni sillas, sólo está esa vieja cama en la que me
hallé tendida y un espejo en otra de las tres habitaciones.
Supuse
que era un secuestro, estaba asustada, no comprendía cómo había llegado allí,
no me acordaba de absolutamente nada. Minutos después escucho la puerta
abrirse, enseguida me paro de la cama y salgo de la habitación, veo dos hombres
vestidos con alba y estola, a juzgar eran sacerdotes; rápidamente comprendo el
por qué estaba allí.
Eché
a correr y fue justo ahí cuando me mostraron un Cristo, me provocó náuseas,
rabia, mis ojos ardían de ver infame objeto postrado en mis pupilas, me doy la
vuelta y lo quitan de mi vista, luego los escupo:
-Sois
unos malditos desadaptados, que me teneis secuestrada sólo porque soy el ser,
el ser más repugnante para vosotros y su maldita iglesia.
-Maldita
hija de Lucifer que declarais tanta infamia hacia vuestro señor y a…
-Vosotros,
porque es a vosotros más que a nadie, sois una desgracia para la humanidad,
siempre quereis estar al mando y al poder de todo y de todos. Teneis tantos
secretos ocultos, que es lo que nos esconden malditos.
Después
de unos cuantos minutos más de insultos, dijeron la respuesta que tanto me
esperaba…
Se
afianzan a mí y me dirigen a una de las habitaciones, me forcejé contra ellos,
pero eran demasiado fuertes, grité en vano desesperada. Me tiran fuertemente
contra el espejo, éste se rompe, se quedan alrededor de cinco segundos
mirándome mientras les gritaba “malditos, malditos, en el infierno los estaré
esperando, vosotros sois iguales o peores que yo”. Dan la vuelta y tiran la
puerta; pude escuchar cuando le dieron llave al cerrojo, se marchan, y después
es sólo silencio.
Y
aquí me hallo desolada. Siento el ardor, la sangre bajando por mi espalda y mi
brazo izquierdo, noto que aún tengo unos cuantos vidrios incrustados.
Posteriormente trato de quitármelos uno por uno, un dolor impenetrable me
invade, los dos que tengo en el dorso son los más grandes, intento quitarlos con
cuidado, procuro no llorar; extraigo el último, el ardor es inescrutable.
Me
doy la vuelta y me quedo sentada mirándome fijamente en el espejo, presenciando
cada parte de mi cuerpo, recordando mi pasado y el por qué estoy aquí.
De
repente me encuentro impregnada en la negrura absoluta, con hambre y sed. Y te
invoco:
“INVOCAMVS
JE VI INGREDIARIS AB INFERIIS”
Me
dejo caer agotada en el suelo, ya no siento dolor.
Mañana
me condenarán a la horca, por no ser lo que los malditos cristianos quieren que
sea, mañana por fin me entregaré a mi señor y seré suya para siempre…
ANÓNIMO
GRADO DÉCIMO
LITERATURA MEDIEVAL
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